Anton Ego – Por qué se convirtió en mi villano favorito de Pixar

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Diez años después de mi primera experiencia con esta joya de Pixar, decidí que era un buen momento para revisitarla con la excusa de que mis hijos de seis (6) y cuatro (4) años disfrutaran con ella. Como la película de animación no podía volver a sorprenderme, decidí disfrutarla desde otra perspectiva, una que curiosamente se ajusta a la perfección a uno de los temas centrales de la historia: la del criticismo.

En su día no supe admirar que la falta de acción directa (que se limita a la colonia de ratas escapando de una señora mayor con un rifle y a una persecución) se compensa con un ritmo demoledor a lo largo todo el metraje. La elección del avaricioso chef Skinner como figura antagonista de la primera parte de la película funciona desde un punto de vista humorístico, e incluso proporciona uno de esos pocos momentos de acción directa cuando persigue a Remy por las calles de París y las aguas del Sena. Sin embargo, es cuando Anton Ego entra en escena que la película adquiere un auténtico reto para los protagonistas. Armado con elocuencia y una pluma que esgrime para martirio del joven Linguini ante cada mínimo detalle de su experiencia en el restaurante, Ego se yergue como uno de los villanos más aterradores del estudio de animación.

Algo que diferencia a Ego de otros antagonistas en películas de animación es que su poder es intangible. Su capacidad de intimidar se basa en el efecto que parece tener su opinión sobre la reputación de un restaurante, su macabro aspecto físico y sobre todo esa astuta elocuencia con la que disecciona a las víctimas de su crítica. Este hecho contrasta con otros villanos como Syndrome en Los Increíbles, AUTO en WALL-E o Jackson Storm en Cars 3, que cuentan al menos con un tipo de fuerza superior que los protagonistas deben aprender a superar.

Antes de introducir al personaje en pantalla, lo único que sabemos de él es que es el responsable indirecto de la caída en desgracia del restaurante Gusteau’s. Fiel a su apellido, lo primero que vemos de él es su propio retrato, una pintura de mal gusto que resalta sus rasgos cadavéricos. Le vemos teclear con ritmo fúnebre en una máquina de escribir que recuerda inequívocamente a una calavera. Para más inri, la entrada de un asustadizo asistente en su despacho revela una estancia en forma de ataúd. Cuando relee la crítica que costó la vida al pobre Gusteau, saca a relucir su placer perverso por lo que creía que debía haber sido una sentencia lapidaria sobre el restaurante. Su poder, entonces comprendemos, reside en la convicción propia y colectiva de que su crítica decide quién sube y quién baja en las elitistas esferas de la gastronomía Parisina (y por ende, mundial).

Esa situación de poder se confirma cuando Ego reta a Linguini ante el pavor del mismísimo Remy y de la prensa congregada allí. El muchacho no parece terminar de entender las posibles consecuencias de dicho reto al insultar al crítico, quien responde fulminante tras la inesperada insolencia. Sin embargo, ni siquiera la imprevisible insensatez de Linguini parece alterar al crítico, quien se mantiene escéptico pero con mente abierta a lo que el supuesto chef tiene que ofrecerle.

El clímax de la película se alcanza cuando Ego deja caer su pluma tras probar el Ratatouille de Remy, quedando desarmado tras la bofetada de realidad que ofrece el talento de nuestro héroe. La elección del plato no puede ser gratuito: una comida humilde y mundana transformada para ofrecer una experiencia culinaria exquisita a través de la visión artística del pequeño chef. El desarrollo del personaje se dispara desde ese momento, pero siendo siempre leal a sus cualidades principales – inteligencia, seriedad y buen gusto.

Creo que Anton Ego conecta con la audiencia porque en nuestro interior todos hemos tenido la oportunidad de escudarnos detrás de lo que nos pone en ventaja sobre otros o hemos conocido figuras autoritativas que lo han hecho con nosotros. Un profesor estricto y arrogante que parece disfrutar perversamente con las evaluaciones, un jefe demasiado autoritario que pide lo imposible y te culpa por no alcazar sus objetivos, o un compañero de clase abusón. Es decir, un bully. Y lo que hace que terminemos por simpatizar con Anton Ego es la (no tan común) capacidad de rectificar cuando la evidencia que derrumba tus creencias es innegable y el talento de quien abre tus ojos, sea cual sea su origen, es indiscutible.